Sobre el matrimonio
Cuando dije que me entregaba para toda la vida a Juan sabía muy bien lo que estaba diciendo, pero no entendía todo su significado. Solo con el tiempo lo iré descubriendo, lo iremos descubriendo.
Por ahora, sé que el estar con él es mejor que estar sola. El amar al otro y entregarse es mejor que solo amarse a uno mismo y buscar solo su propio destino. Entre los dos se puede más y mejor. Y esto solo lo he podido entender casada, al haber podido dar esa promesa de estar junto a él y amarle. Creo que no hay otra forma de poder entender esta realidad de la vida. En la relación de amigos no se entiende verdaderamente lo que la entrega significa, no se entiende que con el otro se puede más. Tal vez se intuye, pero el vínculo no es del todo poderoso. Necesitamos de los amigos, pero a ellos no les entregamos nuestra vida y no formamos un proyecto de vida juntos. Solo en ocasiones requieren nuestros amigos que salgamos de nosotros mismos. Pero solo en el amor de la entrega mutua ese salir de uno mismo es continuo, permanente, eterno. No se puede vivir juntos sin pensar siempre en el otro, de lo contrario no sería amor y la convivencia se vuelve insoportable. La tarea de mi propia vida se convierte ahora en la tarea de nuestra propia vida. Por tanto, todo lo que yo haga en solitario afectará ese nosotros, aunque yo no lo quiera ni sea consciente de que lo esté haciendo (sin embargo, sí se debería ser consciente.) Cuando me doy cuenta, de verdad, de quien es el otro y que puedo concebir dar la vida por esa persona, solo ahí, comprendo y siento que sola no puedo existir.
En mis experiencias relacionales anteriores se ha ido captando, pero no completamente, la importancia de los otros, se intuye que sin ellos no puedo vivir. Pero la totalidad de ese comprender y sentir solo se consigue cuando soy capaz de prometer al otro que no lo dejaré, que siempre estaré ahí. Son palabras que en nuestra sociedad han perdido su fuerza asertiva, las promesas ya no significan lo mismo. Muchos prometen, pero no terminan cumpliendo, se quedan a media marcha. Y el decir siempre nos parece anticuado, obsoleto, en una sociedad donde todo se trasforma, cambia, muta vertiginosamente. Donde todo se puede reemplazar, se puede tirar...Por consiguiente, hay que recuperar el significado de esas palabras, pero no es una tarea de la lógica, sino que es una tarea de la experiencia misma del amor. No basta con decir qué significa, hay que vivirlo y mostrarlo. Mostrar que el para siempre sí es posible y que el amar incondicionalmente no es tarea de unos pocos, es tarea de todos. Ahí radica nuestra humanidad y el poder darnos cuenta de la importancia, de la dignidad, del otro.
El error de las sociedades modernas ha sido instrumentalizar esta relación del amor esponsal y de no defender a capa y espada a la familia. El "amor" entre hombre y mujer no puede ser obligado, no puede ser por razones económicas y de escalamiento social, no puede ser por razones políticas o culturales, tampoco puede ser para saciar ese sentimiento de soledad que todos tenemos, o una lista de placeres y fines meramente materiales...El verdadero amor debe surgir de la plena libertad sin importar condiciones o circunstancias, porque al fin y al cabo eso son cuestiones accidentales, no necesarias, que el tiempo se llevará...lo que sí debe importar es la humanidad del otro, lo que es en sí mismo, lo que queda al quitarle todas esas condiciones y circunstancias.
Esto que estoy diciendo puede parecer que solo quienes se casan podrán entender esta realidad de la necesidad del otro. No, pero sí quiero resaltar la importancia y lo fundamental que es el amor entre esposos. Creo que solo los esposos que logren entender y sentir la necesidad del otro, serán los únicos capaces de transmitir esto a sus hijos y que estos a su vez lo puedan intuir, y llegado su momentos y en las circunstancias de cada uno, puedan entenderlo y sentirlo plenamente. Es decir, aquel cuya vocación es el sacerdocio, si sus padres han sabido vivir ese amor podrá, o al menos le será más fácil, comprender su total entrega a Dios y a los otros. O aquel que no tenga vocación ni al matrimonio ni al sacerdocio, podrá entender y sentir que puede entregar su vida a los demás a través de una causa concreta. De ahí lo fundamental de la familia y de que los padres entiendan y sientan verdaderamente esta realidad. En ninguna otra parte se intuye, entiende y siente la necesidad que tenemos de los otros para poder existir verdaderamente, y de que de nosotros se requiere esa entrega plena al otro.
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